Relato: ‘Dejarse llevar’

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Saúl se despertó temprano aquella mañana. Estaba desconcertado. No esperaba despertarse tan pronto en su primer día de vacaciones, y menos aún cuando llevaba meses durmiendo una media de seis horas diarias. Se había prometido dormir tantas horas como su cuerpo le pidiese, pero parece ser que su cerebro todavía no estaba alertado del cambio que se acababa de producir en su rutina.
 
Sin embargo, lejos de enfadarse por aquella traición autónoma y tratar de reconciliar el sueño, sonrió. No tenía motivos para cabrearse por haber dormido poco aquella noche. Hoy su cuerpo le pedía aprovechar el día desde bien temprano, y ya habría otro día en el que pudiese dormir cuanto le vendría en gana.
 
Sin remolonear en la cama más de lo justo, lo primero que hizo al levantarse fue acercarse a la ventana. El sol estaba radiante, con aquel brillo especial y renovador con el que reluce durante las primeras horas de la mañana. Saúl estuvo un par de minutos observándolo, pensando. Todo parecía estar a su favor, y sería un error garrafal desaprovecharlo quedándose dentro de su habitación. Así que, sin dudarlo ni un momento, se puso el bañador, se calzó unas sandalias -la primera vez desde septiembre-, cogió una toalla y un libro y se marchó a la playa.
 
Ver el mar no era nada sorprendente para alguien que vivía frente a él el resto del año. Sin embargo, aquella mañana la visión era distinta. Puede que el paisaje fuese igual de maravilloso que siempre, pero era la primera vez que lo estaba disfrutando de verdad. Era la primera vez en casi diez meses en la que volvería a formar parte de él.
 
El joven sintió la necesidad de descalzarse nada más llegar a la arena. Necesitaba sentirla en sus pies, pese a que su densidad y el calor que desprendía le dificultaban la llegada hasta la orilla del mar. Era una sensación extraña, tal vez masoquista, pero siempre agradable. Cuando quedaban pocos metros de distancia para llegar a la orilla, desplegó su toalla sobre la arena y se sentó allí a observar el imperio acuático que se erigía frente a él. Se habría llevado consigo su inseparable ipod, pero no había sido un despiste habérselo dejado en casa. Esta vez quería escuchar el sonido relajante de las olas, el cual era igual de placentero que aquellas canciones que jamás dejarías de escuchar.
 
Tras un par de minutos contemplando aquellas aguas serenas y cristalinas, empapándose del sonido de la tranquilidad, Saúl volvió a ponerse en pie, se quitó la camiseta y empezó a andar con paso firme hacia la orilla. El primer contacto de sus pies con el agua fresca fue tan chocante como revitalizante. Estaba fría, como cualquier mañana a aquellas horas, pero eso no lo iba a detener. Siguió adentrándose en aquellas aguas que parecían haberse renovado para él. Otra señal más.
 
Cuando el agua ya estaba a punto de llegarle a la cintura, decidió acabar con aquella angustiosa espera y se escabulló. Los escalofríos le provocaron un grito ensordecido, un alarido con el que exorcizó todas las angustias pasadas a lo largo de aquel año. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Se sintió empapado de armonía y paz, como si cualquier problema se hubiese quedado fuera del mar. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Acto seguido, se tumbó boca arriba y cerró los ojos, sintiendo como su cuerpo y el agua se fusionaban en un mismo elemento. Como si hubiese vuelto a nacer.
 
Este verano no iba a dejarse llevar por las esperanzas y las expectativas. Era un error establecer una rutina y unos horarios en una época en que lo esencial era romper la monotonía y el orden. No sabía qué le depararían los próximos meses, pero no le importaba lo más absoluto. El verano estaba hecho para disfrutar el momento, el único momento del año en que tanto el pasado como el futuro no influían lo más mínimo en el presente. Había que dejarse llevar por la corriente, justo como en aquel preciso e inmejorable momento.
 
Por ahora, el verano no podría haber comenzado de un modo más perfecto.

Lecturas: ‘La noche nos alumbrará’, de Àlex Pler

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Soy uno de esos maniáticos de la lectura que considera que la atracción de un libro depende mucho de la etapa por la que está pasando su lector. Hay libros que abandonaste hace mucho tiempo porque no entendías qué estaban tratando de transmitirte. Has tenido que esperar hasta hoy para atreverte a releerlos y encontrar en sus páginas fragmentos casi calcados a experiencias de tu vida o a sueños que aspiras alcanzar.
Sin embargo, hay novelas que no sólo mantienen intacto su brillo con el paso del tiempo, sino que descubres otras lecturas e interpretaciones cada vez que acudes a sus páginas. Son libros esenciales que necesitas que estén cerca de ti para sentirte mucho más cómodo en tu habitación. Ellos serán el arma que te defenderá de cualquier monstruo que se atreva a irrumpir en tu vida, y lo sentirás con cada página que rozan tus dedos, aunque sea la primera vez que lo hagan.
Las palabras “protección” y “bienestar” son las primeras que me vienen a la cabeza cada vez que recuerdo lo que he sentido con cada uno de los relatos de La noche nos alumbrará. Àlex Pler recoge las mejores entradas de su blog y las convierte en un libro de aventuras donde, al igual que en la vida real, seremos nosotros quienes decidiremos qué camino tomar. Pero lo esencial en cada una de las vertientes de esta “novela” no es llegar a descubrir qué es lo que nos espera al final del trayecto, sino disfrutar de todos y cada uno de los tramos del viaje.
La noche nos alumbrará es un faro en medio de un océano, una botella de agua en un desierto o un abrazo cuando creemos que lo tenemos todo perdido. En todas y cada una de sus páginas hay optimismo sincero y radiante, hay frases que quieres adoptar como mantras y lienzos que arrojan sobre tu propia vida colores tan vivos que ni siquiera antes habías sido capaz de reconocer. Es imposible no sentirte bien al terminar cada una de sus páginas, del mismo modo que es inevitable sonreír cada vez que ves el libro en la estantería. Lo miras con orgullo, agradeciendo cómo los caprichos del destino te han llevado hasta él, y te juras que jamás va a separarse de ti.
En definitiva, Àlex Pler consigue que aquellos que nos acerquemos a su libro podamos volar teniendo los pies en la tierra, riendo ante la adversidad y bailando incluso cuando las canciones que suenen sean tristes. Sabes que va a ser muy difícil ver el lado oscuro de la vida después de haber leído este libro, y es inevitable no terminarlo sin darle las gracias a su autor por alumbrarnos cada noche con sus palabras, aunque a veces pensemos que no las necesitamos. El mundo necesita un optimismo real, del mismo modo que la literatura necesita nuevos y refrescantes escritores como lo es Àlex Pler.

Música: ‘Ghost Stories’, de Coldplay

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Llegar a la cama tras un largo día de estudio, trabajo u ocio siempre es reconfortante. Hemos llegado a nuestro pequeño rincón favorito, y eso sólo quiere decir que hemos logrado superar otra jornada más. Un pequeño éxito que no siempre es fácil de conseguir y que al caer la madrugada celebras dejando que tus ojos se entrecierren mientras tu cuerpo se amolda a ese paraíso terrenal. Dejamos que nuestras vidas desaparezcan durante unas horas porque tenemos la certeza de que está todo bajo control.
Sin embargo, hay ocasiones en las que algo trastoca tu placer más básico. Te has dejado llevar por la seguridad y la intimidad de las sábanas con tanta despreocupación que, sin darte cuenta, has permitido que aparezcan frente a ti sentimientos, deseos y temores que no se dejaban ver con la luz del sol. Te has acomodado tanto en la tranquilidad de la noche que has llegado a olvidar su otra cara.
La noche no es sólo paz, también son fantasmas y tormentos. Son historias que no terminaron bien, anhelos o deseos de objetivos imposibles y recuerdos de algo que se te escapó materialmente pero que todavía pervive en tu interior. Y es hoy, el día más inesperado, cuando todos ellos te visitan. Y lo hacen en forma de disco.

Coldplay regresa al panorama musical con un pequeño baúl musical repleto de estas historias de fantasmas, recogidas en un álbum íntimo con el que sumergirte en las profundidades de la noche y de tus propios miedos. El miedo a no encontrar un amor verdadero, el temor de haberlo perdido y que este se encuentre en otros brazos o el escalofrío de no poder alejar algunos pensamientos de tu cabeza. Temes que la noche te sumerja en las profundidades de tu propio infierno, de un océano psicológico del que no puedes salir.

Pero, incluso en las noches más oscuras, hay un cielo lleno de estrellas dispuesto a iluminarte y hacerte recordar que todo recordarte que es cuestión de tiempo (y de esfuerzo) que todo se evada. No podemos predecir cuándo, pero sí que tenemos la certeza de que sucederá. Porque como dice Chris Martin en “O”, sometimes they arrive, sometimes ther are gone. 

De nada sirve luchar contra aquello que tarde o temprano deberemos afrontar para lograr superarlo. Hay que dejarse llevar por la magia de la realidad, la que nos demuestra cada día que el sol vuelve a iluminar tu habitación tras una larga noche de insomnio.

Cine: ‘10.000 km’

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Nadie es consciente de lo que le puede deparar el día cuando se despierta. Nos tomamos cada nuevo día como una prolongación del anterior, desayunando las mismas tostadas con mermelada, intentando quitarnos las legañas de los ojos o echando un polvo regenerador con aquella persona que lleva ocho años durmiendo a tu lado. Tenemos la rutina tan asumida en nuestra vida que no somos capaces de pensar en cómo el destino puede romperla en cuestión de un segundo. Y lo hace. Lo que iba a ser un día más en aquella perfecta vida cosmopolita se desvía hacia nuevos y peligrosos caminos que hay que estar dispuestos a recorrer para seguir avanzando hacia nuestros sueños; aunque estos a veces nos alejen del bienestar actual.
 
De repente, pasas de amanecer en Barcelona a no poder conciliar el sueño en Los Ángeles. Tú estás aquí, pero tu vida no. Esta se ha quedado en la Ciudad Condal, y la única manera de acceder a ella es a través de una pantalla de ordenador, una ventana electrónica que te acerca a todos tus recuerdos. Y a él. Sabes que se siente igual como tú, que lo que era vuestro nido ahora se ha convertido en una jaula de la que es muy difícil salir. Os ayudáis a sobrevivir cada día en un mundo donde no os encontráis. Vuestros rostros están a pocos centímetros, vuestras voces se escuchan con claridad, pero vuestros cuerpos están a 10.000 kilómetros de distancia. Qué difícil es bailar con alguien cuando no lo tienes a tu lado para guiarte cuando te pierdes en un paso.
 
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Cuando la distancia se entromete en una relación, los espacios individuales pasan a ser océanos repletos de tiburones, los silencios no pueden llenarse de besos o de caricias y las discusiones tontas no tienen el comodín de ese abrazo silencioso que ayuda fácilmente a resolverlas. Todo se magnifica cuando aquella persona con la que quieres compartir tu vida deja de formar parte de ella, o al menos de manera física. Lo hace el amor, pero también los problemas que, en la proximidad, no llegaban a apreciarse.
 
Una relación es un plato cocinado con muchos ingredientes, donde la proximidad tan sólo es el sazonador que le da un mejor gusto al resultado final. La compenetración, los puntos en común, la aceptación de los pequeños fallos del otro, la confluencia de dos mundos distintos y la predisposición a crear un futuro en común son también condimentos esenciales para que el plato cocinado tenga el sabor que le corresponde. Las relaciones a distancia (y muchos lo sabemos) funcionan siempre que las bifurcaciones vuelvan al camino principal, pero no cuando esta se produce en rincones psicológicos o afectivos.
 
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Relatos: ‘Babel derruída’

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La cafetería en la que habían quedado aquella tarde, como sucedía todos los miércoles, estaba a rebosar. Los clientes de aquel local realizaban actos tan dispares como mantener una animada conversación grupal, tratar de llamar la atención de aquel atractivo camarero cuya sonrisa no parecía tener la intención de desaparecer de su rostro o dejar que el café se enfriase mientras la inspiración se disparaba contra la pantalla del portátil. Y, entre toda aquella marea de actividad social, estaban ellos. Los únicos que le otorgaban una amarga y hostil frialdad a aquel ambiente tan cálido e íntimo.

Uno de ellos no sabía muy bien cómo habían llegado a volver a reunirse después de tantos meses. El nombre de su compañero de mesa hacía mucho tiempo que había dejado de aparecer en sus pensamientos y entre los primeros de su lista de contactos de Whatsapp,. Creía que se trataba de otra persona cuando este le envió un mensaje para pedirle aquella cita. Pero no. Era él. El que jamás admitía correcciones o equivocaciones. El que dejó que su orgullo y su ceguera acabaran con todo lo que años y años de convivencia habían construido entre ellos.

Habían sido confidentes, hermanos de distinta sangre y compañeros inseparables cuya relación parecía ser inquebrantable. Sin embargo, todo aquello pertenecía a un pasado que poco o nada se asemejaba a lo que eran actualmente. Ahora no eran nada más que dos desconocidos a los que les había dejado de importar la vida de aquel que un día habían considerado un amigo. Una obra de arte cuya nula conservación la hacía irreconocible a los ojos de aquellos que la contemplaron cuando todavía brillaba por su singular belleza.

El que había citado a su antiguo amigo en aquella cafetería no fue capaz de pronunciar ninguna palabra, pero no tampoco la necesitó para poder expresar el motivo de aquella inesperada reunión. En su lugar, una lágrima salió de unos ojos que imploraban arrepentimiento y perdón. Una lágrima que recorrió un rostro demacrado, muy distinto a aquel que rebosaba una arrogante e ignorante felicidad la última vez que se encontraron. Ahora suplicaba con otro tipo de sentimientos, aquellos que deberían haber aflorado de su interior cuando todavía estaba a tiempo de salvar aquella amistad que él mismo había decidido destruir.

Él chico citado, en otras circunstancias, lo habría perdonado como todo buen amigo haría. Pero ya no. Había pasado mucho tiempo, y él también había cambiado el rumbo y las prioridades de su vida. Unas prioridades entre las cuales no figuraba el nombre de aquella persona que tenía enfrente. No volverían a congeniar como antes, y mucho menos si su memoria sólo lo retenía dentro de ella gracias al dolor que le provocó su abandono. No disponía de tanto tiempo libre como para intentar reconstruir de nuevo aquella torre de Babel. Lo único que podía conseguir era una réplica prefabricada de esta, y aquello era algo de lo que ya había aprendido a despojarse para poder vivir apaciblemente. Ya no daba la vida por alguien con tanta facilidad, y mucho menos si ese alguien ya había disparado contra sus sentimientos anteriormente.

Sin mediar ni una sola palabra, se sacó un billete de su cartera y lo depositó junto a los dos cafés que aún permanecían intactos sobre la mesa. Quiso sonreír a su compañero antes de levantarse y marcharse del establecimiento. Trató de querer ser educado y cortés con aquella persona que un día decidió convertir su vida en un infierno y, sin embargo, lo único que salió de sus labios fue un “no”. Una negación rotunda y segura como pocas antes había hecho a lo largo de su vida.

Lo habían sido todo para convertirse en nada.

Lecturas: ‘Los renglones torcidos de Dios’, de Torcuato Luca de Tena

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Alice Gould es ingresada en el ficticio Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de La Fuentecilla (Castilla y León) por una serie de delirios que la han llevado a intentar envenenar a su marido numerosas veces. Sin embargo, ella cree que ha sido enviada a aquel lugar para resolver un misterioso asesinato que nunca llegó a esclarecerse. Sin embargo, la peculiar actitud de esta mujer supondrá un auténtico quebradero de cabeza para los médicos de aquel lugar, los cuales no son capaces de determinar si tienen delante a una mujer completamente trastornada o a una víctima de una extraña conspiración.
Mi primer encuentro con Torcuato Luca de Tena no podría haber sido más satisfactorio. Los renglones torcidos de Dios no es otra novela sobre la locura y los manicomios, es LA NOVELA por excelencia de estos temas. Y es que, para prepararla, el autor no dudó en ingresar en un hospital psiquiátrico durante un par de semanas para empaparse del desangelado y perturbado ambiente en el que viven conjuntamente aquellos que más conocen los entresijos de la mente y aquellos que se han perdido en su laberinto.
La experiencia no podría haberle sido más satisfactoria. Parece que Luca de Tena aprovechó todo el jugo de aquel amargo “viaje” para luego exprimirlo en esta novela de ficción donde la certeza y la locura se unen una complicadísima mezcla de la cual el lector, al igual que muchos de los personajes, no son capaces de saber a ciencia cierta qué es locura y qué es realidad.
Quizás una de las proezas más evidentes en esta obra literaria -con el permiso del gran nivel de conocimientos psicológicos que contiene y que se explican a la perfección para aquellos lectores no expertos en la materia- es la creación de un personaje tan singular y atractivo como el de Alice Gould. La protagonista de la novela desprende desde las primeras páginas una personalidad arrolladora y poderosa, con unos diálogos y apreciaciones totalmente fantásticas con los que consigue meterse a lectores, médicos y enfermos en el bolsillo. La empatía y el magnetismo que crea en cada página la convierten sin ningún problema en una de las heroínas literarias contemporáneas más estimulantes y, bajo mi punto de vista, en uno de los personajes literarios más redondos que he tenido la oportunidad de conocer.
Pero Alice Gould no es el único personaje que brilla en esta obra. Los renglones torcidos de Dios presenta todo un extenso abanico de personajes que, pese a que sean creados como instrumentos para aumentar la fuerza literaria de Alice, brillan con luz propia. Desde un fantástico elenco de médicos -adorables, como el caso de César Arellano, o irritantes, como Samuel Alvar- hasta una innumerable lista de dementes cuyas historias consiguen crear unos personajes redondos que facilitan la intromisión del lector en un mundo habitado por los despojos de la sociedad. Por poner algunos ejemplos de estos entrañables compañeros de Alice, diré que es imposible no reírse con Marujita Maqueira, contener las emociones con las historias de Rómulo y la Niña Péndulo o estremecerse con los inquietantes casos de La Mujer Cíclope y La Mujer Percha.
En definitiva, Torcuato Luca de Tena consigue construir un universo perfectamente caótico para contarnos una historia que va a más con cada capítulo y que nunca decae. Perfecta de principio a fin -porque sí, también contiene uno de los mejores finales que he leído últimamente-.
¿Será Alice Gould la demente más compleja de la historia de la literatura? ¿O será la persona más cuerda de todos los que la rodean? Os dejo que lo descubráis por vuestra propia cuenta al leeros la novela, la cual os recomiendo y os obligo a leer en cuanto podáis.

La tara de la tecnología

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Vivimos en la era de la tecnología. Sin habernos dado cuenta, nuestro día a día está dirigido y atado a todo tipo de aparatos electrónicos que te despiertan, te preparan el café, te informan de los sucesos más actuales, te entretienen, te ayudan a trabajar e incluso pueden llegar a satisfacer las necesidades más instintivas y secretas de los usuarios.
Nos hemos abocado involuntariamente a la comodidad que nos produce la tecnología, esa que nos permite hacer varias cosas y estar en varios lugares al mismo tiempo sin la necesidad de estar o hacer nada. Y ante tanta felicidad construida a base de gigas y píxeles me surge la siguiente pregunta: ¿Estamos haciendo las cosas bien?
¿Es lo mismo hablar con alguien mediante 140 caracteres que hacerlo cara a cara? ¿Es igual de placentero sonreír a alguien que enviarle un emoticono que le demuestre esa sonrisa? ¿Produce la misma sensación ir a un estadio o a un cine que visualizar un partido o una película a través de una pantalla de 16 pulgadas? Creo que no es necesario que os exponga las respuestas.
Del mismo modo que todo lo anteriormente expuesto devalúa algunos aspectos de las relaciones humanas, la electrónica también empieza a masacrar poco a poco la literatura. Y no me considero un demente al pensar que el término “libro electrónico” es una de las mayores aberraciones léxicas de nuestro lenguaje. Si algo caracteriza un libro, es su capacidad para magnetizar todos los sentidos humanos con la historia que hay escrita en sus páginas.
https://eldomadordedinosaurios.files.wordpress.com/2014/08/71a7d-libros.jpgMuchos pensarán que el libro electrónico es mejor porque permite almacenar una mayor cantidad de libros en un espacio mucho más reducido y, además, a un precio mucho más económico. Pero lo que muchos no se paran a pensar es que con ese aparato se pierde gran parte de la emoción que supone tener un libro (ir a una librería, pasarse horas perdido entre las estanterías buscando aquella historia que te incite a pagar por ella, coger el libro y sentir su peso y, por supuesto, impregnarte de aquel olor tan característico que tienen sus hojas la primera vez que las tocas). Tampoco se puede comparar el impacto que produce ver una estantería de libros que han pasado por tus manos y por tu mente a lo largo del tiempo (¿cómo exhibes ante los demás y ante ti mismo tu currículo como lector a través de una minúscula pantalla?) y, en términos económicos, ya lo dijo el flamante escritor valenciano Joan Fuster: “Si le das a la literatura un valor, esta tendrá que tener un precio”.
Así pues, no veo motivo alguno para rechazar los libros de papel y olvidar todo el esfuerzo, las ilusiones, la magia y la tradición que hay en ellos. Unos detalles que, bajo mi humilde punto de vista, no creo que el libro electrónico vaya a poseer durante toda su existencia.
La sociedad debe siempre avanzar hacia el progreso, pero manteniendo aquellos pilares que la han construido intelectualmente para conseguirlo. Y es que el libro, le pese a quien le pese, es y será siempre aquella tara de la tecnología que la convertirá en imperfecta.