Relatos: ‘Imperio’

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Siempre te han asustado las magnitudes. Has estado toda tu vida dando pasos pequeños, pronosticando todos los males que podías encontrarte en la siguiente esquina. El miedo a ser escuchado o visto por quienes no querías te ha hecho ser precavido hasta extremos insanos, cerrándote a nuevas aventuras y aceptando caminos que lo único que te aportaban era una importante y a la vez banal seguridad. Lo tenías todo para ser un águila, pero decidiste ser un pájaro cualquiera por pura comodidad.

Sin embargo, hay veces que la vida es caprichosa y uno no puede escapar de su destino. Sin haberlo imaginado nunca, o al menos no con las molestias que te habías tomado creando tu propia jaula, has llegado al borde de un precipicio. El miedo te mantiene paralizado, pero aquello que ven tus ojos es lo más vello que nunca han presenciado. Y todavía lo es más cuando echas la vista atrás, contemplando aquellas tierras llenas de mediocridad que te han llevado hasta aquí. ¿Qué deberías hacer ahora? ¿De qué serviría regresar por dónde has venido si has sido tú mismo quien ha construido aquella senda con extrema cautela? Conoces la verdad, aunque tu cerebro se niegue a asumirla. Ha llegado el momento de plantarle cara a tus propios miedos si quieres seguir adelante. Ha llegado la hora de ser valiente.

Siempre has creído en ti mismo, pero nunca habías encontrado una oportunidad tan radical para demostrarlo. Tienes miedo, pero algo en tu interior te empuja a desplegar tus alas. Hacía tiempo que no lo hacías, y no recordabas la hermosura y la sensación de confianza que otorgan su hermoso pelaje. Sientes la adrenalina de encontrarte al borde del abismo y ante la enormidad del cielo al mismo tiempo, y son esos dos factores los que provocan que los músculos de tus piernas se contraigan para segundos después impulsarte hacia la inmensidad.

El arrepentimiento es inmediato, pero rápidamente es transformado en libertad. Sientes la velocidad en cada parte de tu cuerpo, y sólo empiezas a utilizar las alas cuando tu subconsciente te alerta de la necesidad. No te has atrevido todavía a abrir los ojos por miedo a aterrorizarte, pero te sorprende sonreír cuando por fin lo has hecho. Las vistas son espectaculares, y jamás el aire fresco había sentado tan bien.

Ahora, allí arriba, no entiendes cómo has tardado tanto en atreverte a dar aquel salto; pero eso ya no importa. Tienes el mundo a tus pies. Has pasado de huir de tu cárcel a conseguir tu propio imperio.

Relato: ‘Dejarse llevar’

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Saúl se despertó temprano aquella mañana. Estaba desconcertado. No esperaba despertarse tan pronto en su primer día de vacaciones, y menos aún cuando llevaba meses durmiendo una media de seis horas diarias. Se había prometido dormir tantas horas como su cuerpo le pidiese, pero parece ser que su cerebro todavía no estaba alertado del cambio que se acababa de producir en su rutina.
 
Sin embargo, lejos de enfadarse por aquella traición autónoma y tratar de reconciliar el sueño, sonrió. No tenía motivos para cabrearse por haber dormido poco aquella noche. Hoy su cuerpo le pedía aprovechar el día desde bien temprano, y ya habría otro día en el que pudiese dormir cuanto le vendría en gana.
 
Sin remolonear en la cama más de lo justo, lo primero que hizo al levantarse fue acercarse a la ventana. El sol estaba radiante, con aquel brillo especial y renovador con el que reluce durante las primeras horas de la mañana. Saúl estuvo un par de minutos observándolo, pensando. Todo parecía estar a su favor, y sería un error garrafal desaprovecharlo quedándose dentro de su habitación. Así que, sin dudarlo ni un momento, se puso el bañador, se calzó unas sandalias -la primera vez desde septiembre-, cogió una toalla y un libro y se marchó a la playa.
 
Ver el mar no era nada sorprendente para alguien que vivía frente a él el resto del año. Sin embargo, aquella mañana la visión era distinta. Puede que el paisaje fuese igual de maravilloso que siempre, pero era la primera vez que lo estaba disfrutando de verdad. Era la primera vez en casi diez meses en la que volvería a formar parte de él.
 
El joven sintió la necesidad de descalzarse nada más llegar a la arena. Necesitaba sentirla en sus pies, pese a que su densidad y el calor que desprendía le dificultaban la llegada hasta la orilla del mar. Era una sensación extraña, tal vez masoquista, pero siempre agradable. Cuando quedaban pocos metros de distancia para llegar a la orilla, desplegó su toalla sobre la arena y se sentó allí a observar el imperio acuático que se erigía frente a él. Se habría llevado consigo su inseparable ipod, pero no había sido un despiste habérselo dejado en casa. Esta vez quería escuchar el sonido relajante de las olas, el cual era igual de placentero que aquellas canciones que jamás dejarías de escuchar.
 
Tras un par de minutos contemplando aquellas aguas serenas y cristalinas, empapándose del sonido de la tranquilidad, Saúl volvió a ponerse en pie, se quitó la camiseta y empezó a andar con paso firme hacia la orilla. El primer contacto de sus pies con el agua fresca fue tan chocante como revitalizante. Estaba fría, como cualquier mañana a aquellas horas, pero eso no lo iba a detener. Siguió adentrándose en aquellas aguas que parecían haberse renovado para él. Otra señal más.
 
Cuando el agua ya estaba a punto de llegarle a la cintura, decidió acabar con aquella angustiosa espera y se escabulló. Los escalofríos le provocaron un grito ensordecido, un alarido con el que exorcizó todas las angustias pasadas a lo largo de aquel año. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Se sintió empapado de armonía y paz, como si cualquier problema se hubiese quedado fuera del mar. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Acto seguido, se tumbó boca arriba y cerró los ojos, sintiendo como su cuerpo y el agua se fusionaban en un mismo elemento. Como si hubiese vuelto a nacer.
 
Este verano no iba a dejarse llevar por las esperanzas y las expectativas. Era un error establecer una rutina y unos horarios en una época en que lo esencial era romper la monotonía y el orden. No sabía qué le depararían los próximos meses, pero no le importaba lo más absoluto. El verano estaba hecho para disfrutar el momento, el único momento del año en que tanto el pasado como el futuro no influían lo más mínimo en el presente. Había que dejarse llevar por la corriente, justo como en aquel preciso e inmejorable momento.
 
Por ahora, el verano no podría haber comenzado de un modo más perfecto.

Relatos: ‘Babel derruída’

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La cafetería en la que habían quedado aquella tarde, como sucedía todos los miércoles, estaba a rebosar. Los clientes de aquel local realizaban actos tan dispares como mantener una animada conversación grupal, tratar de llamar la atención de aquel atractivo camarero cuya sonrisa no parecía tener la intención de desaparecer de su rostro o dejar que el café se enfriase mientras la inspiración se disparaba contra la pantalla del portátil. Y, entre toda aquella marea de actividad social, estaban ellos. Los únicos que le otorgaban una amarga y hostil frialdad a aquel ambiente tan cálido e íntimo.

Uno de ellos no sabía muy bien cómo habían llegado a volver a reunirse después de tantos meses. El nombre de su compañero de mesa hacía mucho tiempo que había dejado de aparecer en sus pensamientos y entre los primeros de su lista de contactos de Whatsapp,. Creía que se trataba de otra persona cuando este le envió un mensaje para pedirle aquella cita. Pero no. Era él. El que jamás admitía correcciones o equivocaciones. El que dejó que su orgullo y su ceguera acabaran con todo lo que años y años de convivencia habían construido entre ellos.

Habían sido confidentes, hermanos de distinta sangre y compañeros inseparables cuya relación parecía ser inquebrantable. Sin embargo, todo aquello pertenecía a un pasado que poco o nada se asemejaba a lo que eran actualmente. Ahora no eran nada más que dos desconocidos a los que les había dejado de importar la vida de aquel que un día habían considerado un amigo. Una obra de arte cuya nula conservación la hacía irreconocible a los ojos de aquellos que la contemplaron cuando todavía brillaba por su singular belleza.

El que había citado a su antiguo amigo en aquella cafetería no fue capaz de pronunciar ninguna palabra, pero no tampoco la necesitó para poder expresar el motivo de aquella inesperada reunión. En su lugar, una lágrima salió de unos ojos que imploraban arrepentimiento y perdón. Una lágrima que recorrió un rostro demacrado, muy distinto a aquel que rebosaba una arrogante e ignorante felicidad la última vez que se encontraron. Ahora suplicaba con otro tipo de sentimientos, aquellos que deberían haber aflorado de su interior cuando todavía estaba a tiempo de salvar aquella amistad que él mismo había decidido destruir.

Él chico citado, en otras circunstancias, lo habría perdonado como todo buen amigo haría. Pero ya no. Había pasado mucho tiempo, y él también había cambiado el rumbo y las prioridades de su vida. Unas prioridades entre las cuales no figuraba el nombre de aquella persona que tenía enfrente. No volverían a congeniar como antes, y mucho menos si su memoria sólo lo retenía dentro de ella gracias al dolor que le provocó su abandono. No disponía de tanto tiempo libre como para intentar reconstruir de nuevo aquella torre de Babel. Lo único que podía conseguir era una réplica prefabricada de esta, y aquello era algo de lo que ya había aprendido a despojarse para poder vivir apaciblemente. Ya no daba la vida por alguien con tanta facilidad, y mucho menos si ese alguien ya había disparado contra sus sentimientos anteriormente.

Sin mediar ni una sola palabra, se sacó un billete de su cartera y lo depositó junto a los dos cafés que aún permanecían intactos sobre la mesa. Quiso sonreír a su compañero antes de levantarse y marcharse del establecimiento. Trató de querer ser educado y cortés con aquella persona que un día decidió convertir su vida en un infierno y, sin embargo, lo único que salió de sus labios fue un “no”. Una negación rotunda y segura como pocas antes había hecho a lo largo de su vida.

Lo habían sido todo para convertirse en nada.