Relatos: ‘Imperio’

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Siempre te han asustado las magnitudes. Has estado toda tu vida dando pasos pequeños, pronosticando todos los males que podías encontrarte en la siguiente esquina. El miedo a ser escuchado o visto por quienes no querías te ha hecho ser precavido hasta extremos insanos, cerrándote a nuevas aventuras y aceptando caminos que lo único que te aportaban era una importante y a la vez banal seguridad. Lo tenías todo para ser un águila, pero decidiste ser un pájaro cualquiera por pura comodidad.

Sin embargo, hay veces que la vida es caprichosa y uno no puede escapar de su destino. Sin haberlo imaginado nunca, o al menos no con las molestias que te habías tomado creando tu propia jaula, has llegado al borde de un precipicio. El miedo te mantiene paralizado, pero aquello que ven tus ojos es lo más vello que nunca han presenciado. Y todavía lo es más cuando echas la vista atrás, contemplando aquellas tierras llenas de mediocridad que te han llevado hasta aquí. ¿Qué deberías hacer ahora? ¿De qué serviría regresar por dónde has venido si has sido tú mismo quien ha construido aquella senda con extrema cautela? Conoces la verdad, aunque tu cerebro se niegue a asumirla. Ha llegado el momento de plantarle cara a tus propios miedos si quieres seguir adelante. Ha llegado la hora de ser valiente.

Siempre has creído en ti mismo, pero nunca habías encontrado una oportunidad tan radical para demostrarlo. Tienes miedo, pero algo en tu interior te empuja a desplegar tus alas. Hacía tiempo que no lo hacías, y no recordabas la hermosura y la sensación de confianza que otorgan su hermoso pelaje. Sientes la adrenalina de encontrarte al borde del abismo y ante la enormidad del cielo al mismo tiempo, y son esos dos factores los que provocan que los músculos de tus piernas se contraigan para segundos después impulsarte hacia la inmensidad.

El arrepentimiento es inmediato, pero rápidamente es transformado en libertad. Sientes la velocidad en cada parte de tu cuerpo, y sólo empiezas a utilizar las alas cuando tu subconsciente te alerta de la necesidad. No te has atrevido todavía a abrir los ojos por miedo a aterrorizarte, pero te sorprende sonreír cuando por fin lo has hecho. Las vistas son espectaculares, y jamás el aire fresco había sentado tan bien.

Ahora, allí arriba, no entiendes cómo has tardado tanto en atreverte a dar aquel salto; pero eso ya no importa. Tienes el mundo a tus pies. Has pasado de huir de tu cárcel a conseguir tu propio imperio.

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