La tara de la tecnología

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Vivimos en la era de la tecnología. Sin habernos dado cuenta, nuestro día a día está dirigido y atado a todo tipo de aparatos electrónicos que te despiertan, te preparan el café, te informan de los sucesos más actuales, te entretienen, te ayudan a trabajar e incluso pueden llegar a satisfacer las necesidades más instintivas y secretas de los usuarios.
Nos hemos abocado involuntariamente a la comodidad que nos produce la tecnología, esa que nos permite hacer varias cosas y estar en varios lugares al mismo tiempo sin la necesidad de estar o hacer nada. Y ante tanta felicidad construida a base de gigas y píxeles me surge la siguiente pregunta: ¿Estamos haciendo las cosas bien?
¿Es lo mismo hablar con alguien mediante 140 caracteres que hacerlo cara a cara? ¿Es igual de placentero sonreír a alguien que enviarle un emoticono que le demuestre esa sonrisa? ¿Produce la misma sensación ir a un estadio o a un cine que visualizar un partido o una película a través de una pantalla de 16 pulgadas? Creo que no es necesario que os exponga las respuestas.
Del mismo modo que todo lo anteriormente expuesto devalúa algunos aspectos de las relaciones humanas, la electrónica también empieza a masacrar poco a poco la literatura. Y no me considero un demente al pensar que el término “libro electrónico” es una de las mayores aberraciones léxicas de nuestro lenguaje. Si algo caracteriza un libro, es su capacidad para magnetizar todos los sentidos humanos con la historia que hay escrita en sus páginas.
https://eldomadordedinosaurios.files.wordpress.com/2014/08/71a7d-libros.jpgMuchos pensarán que el libro electrónico es mejor porque permite almacenar una mayor cantidad de libros en un espacio mucho más reducido y, además, a un precio mucho más económico. Pero lo que muchos no se paran a pensar es que con ese aparato se pierde gran parte de la emoción que supone tener un libro (ir a una librería, pasarse horas perdido entre las estanterías buscando aquella historia que te incite a pagar por ella, coger el libro y sentir su peso y, por supuesto, impregnarte de aquel olor tan característico que tienen sus hojas la primera vez que las tocas). Tampoco se puede comparar el impacto que produce ver una estantería de libros que han pasado por tus manos y por tu mente a lo largo del tiempo (¿cómo exhibes ante los demás y ante ti mismo tu currículo como lector a través de una minúscula pantalla?) y, en términos económicos, ya lo dijo el flamante escritor valenciano Joan Fuster: “Si le das a la literatura un valor, esta tendrá que tener un precio”.
Así pues, no veo motivo alguno para rechazar los libros de papel y olvidar todo el esfuerzo, las ilusiones, la magia y la tradición que hay en ellos. Unos detalles que, bajo mi humilde punto de vista, no creo que el libro electrónico vaya a poseer durante toda su existencia.
La sociedad debe siempre avanzar hacia el progreso, pero manteniendo aquellos pilares que la han construido intelectualmente para conseguirlo. Y es que el libro, le pese a quien le pese, es y será siempre aquella tara de la tecnología que la convertirá en imperfecta.
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